Existe un análisis de los serios problemas que nos están dando la psiquiatría y la psicología y existe una práctica de salida, que implica no usarlas, no esperar nada de ellas, no confiar en sus promesas, no querer encontrártelas ni en pintura. No aceptar la medicalización (no diagnosticar, no tratar) ni la atención psicológica ni la terapia del sufrimiento psíquico ni de las experiencias inusuales. Y sí hacer otras muchas cosas.
Parte de las personas que arrancamos esta campaña a cuento de la desatención sanitaria en las cárceles, venimos de años de ese análisis y de esa práctica: la de la abolición de la psiquiatría y la psicología.
Es una posición que además señala que nos están metiendo la psicología en todas partes, no solo modo terapias, tratamiento, atención; sino hasta en la sopa. Y que esto no es casualidad, sino contrainsurgencia. Que la psicología hasta en la sopa se nota en la búsqueda de mediación, la derivación de lxs agresorxs, la retahíla de lo personal y privado, la despolitización de las decisiones, el llamar abuso al conflicto y violencia a la confrontación, el mantener el status quo hablando de cuidados, el poner límites para no tener responsabilidad, los módulos de respeto y los pasos de grado, la contención del desborde de los colegios y las fronteras… Que la psicología hasta en la sopa explica cantidad de cosas espantosas que hacemos en esta parte del mundo y cantidad de cosas que no van ni palante ni patrás, pero ahí nos entretienen.
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